Crónicas...

[Crónicas de un lector][bsummary]

El camión



Vinieron al barrio a media mañana, la primera vez. Era un día de otoño, me acuerdo, aquel año cuando llegaron con su camionazo y todos sus cestos, cajas y algún carrito de carga. Pensé que era para mí, pero no tenía planificada todavía mi mudanza, así que supuse lo de algún vecino.


Días después recién me enteré de que Helga se había ido dejando al Gringo solo con todo: el mercadito, los dos chicos y, encima, la hermana discapacitada de Helga, que no sabe ni hacerse un té, la pobre.


La segunda vez ya me acuerdo el año, 2008, porque fue la época de los piquetes del campo, que por ahí te tenían tres, cinco, diez horas parado en la ruta… cuando no se armaba alguna trifulca y había que volverse. Pero estos podían pasar sin problemas, se ve.


Ahí sí me lo presentí, porque Arturo hacía rato que lo estaba anunciando, aunque sin hablar mucho, así como es él, un tipo más bien callado, siempre para adentro. Pero si te fijás bien, siempre avisa lo que está por hacer con algún movimiento. Esa vez, por ejemplo, había empezado a ordenar todos sus papeles, sus cosas, a regalar ropa que ya no iba a usar y hasta se había comprado un par de valijas grandes de esas nuevas con rueditas donde empezó a guardar sus pertenencias más queridas. Yo soy de fijarme en esos detalles y lo veía hacer cuando iba a su casa, bah, la casa de sus viejos, soy amiga de la hermana más chica desde hace años, fuimos a la primaria juntas.


Lo más shockeante fue lo de Sandra: nadie en el barrio se imaginó, así, tan de sopetón, que se esfumaría de un día para el otro, sin despedirse de nadie, sin contarle ni siquiera a su amiga más íntima, Carolina, con la que compartían todo, el departamento, el alquiler del local donde montaron su centro de estética, los cumpleaños -ella cumplía el primero y Carolina el cinco de mayo-; si hasta algún novio, se dice por ahí que compartieron cuando eran más chicas... Bueno, no como ahora, que le dicen poliamor o qué sé yo, sino que el muchacho anduvo con una y después con la otra...


Yo las conozco bastante, siempre me voy a hacer los pies, y a veces las manos también, cuando ando muy depre... lo bien que hace que te mimen un poquito cuando estás bajoneada. Así que siempre voy a lo de las chicas, por lo menos una vez al mes, o dos a veces, y charla va, charla viene, vas conociendo a la gente, o eso cree una, porque el día menos pensado, paf, algo como lo de Sandra. ¡Quién se iba a imaginar!


El camión debe haber venido ese fin de semana, noche del sábado, o del viernes, porque Carolina cuenta que no estaba, ella sale religiosamente todos los viernes y sábados, llueva o truene, o haya toque de queda. Y vuelve por la mañana, después de tomarse un café con leche con tres medialunas, que la noche la dejó sin energías, dice, y así pasa de largo los viernes al sábado, que trabaja, y después vuelve a salir esa noche. El domingo, no existe. La cosa es que esa mañana llegó como siempre, y se encontró con la sorpresa. Ni una nota, ni un mensaje. Así nomás, Sandra ya no estaba. Mirá si habrá sido imprevisto y sigiloso todo, que ni la vecina del departamentito de adelante escuchó el traqueteo propio de toda mudanza.


Eso habrá sido allá por el año 2012, por supuesto que se fueron otros en todo ese tiempo, yo cuento nomás de la gente más cercana, amigos, conocidos, vecinos, en fin, de esos que están ahí, como que no son amigos, lo que se dice amigos, pero los conocés a veces más que a tu propia familia... Los ves entrar y salir, sabés qué compran en el almacén, cuándo festejan y cuándo se pelean, cuándo cambian el auto o cuándo están ahorrando para construir otra pieza. A los de la familia, en cambio, a veces ni los ves ni tenés noticias durante meses, y algunos, desde hace años.


El asunto es que en los dos últimos años le ha tocado a varios de los que vivimos acá desde el comienzo, cuando todo esto era descampado, y algunos valientes compraron en el loteo original... Y sí, siempre los pioneros somos los más corajudos, los que renegamos para que nos pongan el agua, la luz, el alumbrado en las calles, para que pasen la máquina cada tanto... y después, con los años, para que asfalten y hagan las cloacas. Si esto era el fin del mundo antes, querida. Y así es que algunas de esas familias echaron raíces, varios ya van por la tercera generación, y vos ves los autazos en que caen los nietos, los caserones que levantaron, claro, toda una vida de trabajo, de burrear, y darle estudios a los chicos para que tengan un futuro mejor, más fácil. ¿Cómo te vas a querer ir, entonces?


La cosa es que nadie hubiera dicho que se iba a mudar Juana, la de los Gallardo, después de toda una vida en el barrio. Ella levantó la casa junto con su marido, trabajaba en la obra como un hombre más, y más prolija, decían los hermanos de él, que venían los fines de semana a ayudarlos. En realidad, lo que pasa, es que a una le cuesta imaginar la cuadra sin la Juana regando los canteros del frente a las siete de la mañana. Esas cosas, en fin, son las que hacen a un lugar. O el kiosco de don Raúl, hombre respetuoso, de palabra; él te decía, ¿le guardo la Gente, Anita? Y podía pasar una semana, diez días, que no se la iba a vender a nadie, por más que le pagaran el doble, si te la había prometido. 


Estos dos últimos años he visto más veces que nunca el camión en estas cuadras.


Esteban, el muchacho del doctor Bustos, quién lo diría, con lo que deseaba ese padre compartir el consultorio con su "chango" como él le decía —son del norte, los Bustos—, pero bueno, el hombre propone y Dios dispone, decía mi santa madre. Si fuera por una, tendría siempre los hijos a su lado, mirá mi Fermín, tan buen chico, estudia, trabaja, tiene esa novia hermosa... y todo en San Luis tenía que ser, como a mil kilómetros de acá, podés creer, pero bueno, es mejor que lo del doctor.


También Graciela, la que supo ser secretaria del contador Loza hasta que él se retiró. Algunos dicen que toda la vida estuvo enamorada de él, aunque ella era unos años mayor, no tanto tampoco, si ella apenas había terminado la escuela normal —salían con título de maestra en esa época las chicas— cuando le daba clases particulares a él, que era re duro para Literatura, Historia, esas cosas. Ya tenía el alma para los números, viste como es alguna gente. Después él siguió estudiando, hizo carrera, en cambio ella tuvo ese matrimonio fallido, y el tipo que no quería que trabaje ni estudie. Así que cuando el infeliz se las tomó a Misiones con la paraguayita ésa que lo ayudaba en la maderera, ella se quedó sola y sin trabajo, que ya hacía años que no ejercía, creo que ni el título tenía. Y Loza le ofreció trabajar como su secretaria, porque ya tenía muchos clientes, un lío de papeles y horarios, etcétera. Yo creo que más lo hizo por darle una mano. Algunos dicen que habían tenido algo; incluso, que ella lo hizo hombrecito en esa época de las clases particulares, y que él le guardó siempre cariño. Pero son cosas que dicen nomás, por ahí nada que ver, y bueno, qué más da.

El asunto es que también Graciela se fué.


Y el caso que me toca más, el sobrino de Isabel, de la otra cuadra... Somos medio parientas con Isabel, lejanas nomás, mi madre era prima de unos tíos suyos. Rodrigo, el muchacho, bueno yo todavía le digo muchacho, a ver, si ella tiene setenta, setenta y dos como mucho, él debía andar por los cincuenta, que la hermana de Isabel, Beatriz, lo tuvo de jovencita. 


Y cuando a Bety se la llevó la leucemia, así, siendo una piba todavía, él quedó a cargo de su tía, que no tenía entonces más de veinte años. Y ella se hizo cargo, y se dedicó a ese chico, no sabés, lo que no ha hecho y dejado de hacer por su sobrino.

Él tuvo pareja varias veces, hasta un hijo tuvo, que no lo crió él, vive con la madre en Mendoza, si no me acuerdo mal. Pero nunca sentó cabeza. Medio calavera fue siempre, caravanero, como dicen ahora, y siempre lo terminaron largando las mujeres. Y siempre volvió al barrio, a la casa de ma Isabel. Porque Beatriz era “mamá” y a Isabel le decía “ma”. Por eso jamás nos hubiéramos esperado lo de Rodrigo.


Una tarde, hace dos meses, sentimos esa bocina que los más viejos conocemos de memoria, y a las dos horas, ya estaba todo cargado. Pero ni tiempo para despedirse, che. Así nomás. Y pensar que Isabel no tuvo más vida que ese chico. Ahora está sola, pero sola sola. Yo, a veces, cuando no me duelen mucho los huesos, voy a tomar unos mates con ella, me quedo un rato a la tarde, para acompañarla, bah, nos hacemos compañía las dos, que aunque lo mío es distinto, también vivo sola.


Y sabés que eso me hace pensar. ¿Sabés qué pienso, sobre todo estas tardes de domingo, así, nubladas, quietas, apenas con el ruido de los chicos jugando en la plaza de allá...  Que en cualquier momento puede aparecer el camión doblando por esa esquina, estacionarse acá en la puerta, y en menos de lo que cante el gallo, voy a tener que cargar mis pocos bártulos, y chau picho, si te he visto no me acuerdo. Mirá, por las dudas, hay un sobre con fotos acá en el cajón de abajo, y una carpeta con papeles que pueden hacer falta si me toca hacer la mudanza pronto, así, de repente, como los demás. Decile, cualquier cosa, a Fermín, dónde están.



 Un cuento de: Román Fidalgo

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