“Alma pura”, de Josu Lorenzo (4ºESO B)
Añadimos un cuento más escrito en esta ocasión por Josu Lorenzo para la clase de lengua, también incluido dentro del movimiento realista-naturalista. Un relato muy bien ambientado en un entorno que nos resulta cercano, realmente conmovedor y que consigue conjugar el tema realista con técnicas narrativas que mantienen el interés hasta el final de la historia. Disfrutadlo.
Alma pura, por Josu Lorenzo Grilli
1
Elyse se encontraba quieta al lado del pozo. Sabía que, de una manera u otra, aparecería. Contó los guijarros del suelo, los amontonó y, después, los empujó. Varios cayeron, pero otros se mantuvieron. Como estaba allí solo para esperar, rehizo la montaña de piedrecitas y la derrumbó con el dedo repetidas ocasiones.
Pese a que hubiese andado kilómetros, pese a que hubiese combatido contra guerreros en las ciudades menos recomendables para una solitaria viajera, pese a que se hubiese tenido que enfrentar a decenas de animales salvajes, ella esperaba ahora paciente.
El viaje no había sido en vano.
Un viento helado se alzó de pronto. Elyse no tuvo otro remedio que taparse con la capucha de su capa de viaje. Se quedó allí, encogida y congelada sobre sí misma.
Esperó dos horas más y, finalmente, apareció.
2
Emprendió el largo camino de vuelta en su compañía. No se iba a permitir, bajo ningún concepto, perder aquello por lo que tanto había luchado. Con la espada en la mano, abrió la maleza, sesgó hojas y rajó cerdos y zorros para alimentarse. Pero ahora eran dos, y tenían que repartir la comida. Fue en una de esas cazas donde hubo un percance.
Un lobo enorme apareció en el claro. Éste parecía ser suyo y lo defendía enseñando los dientes y encorvándose. Elyse en esa ocasión optó por sacar una flecha del carcaj, y con el arco que llevaba en la espalda, atravesó el corazón del lobo. Elyse no tenía ni idea de cómo había atinado de tal manera. El animal se cayó al suelo, y pronto comenzó a sangrar. Las briznas de hierba se tiñeron de un rojo oscuro apenas el pelo que recubría al lobo tocó el suelo. Pese a ello, no trastornó a Elyse; ya era inmune a la sangre. Tomó la mano de su acompañante y prosiguió su camino como si nada hubiese ocurrido, esquivando con los pies el cadáver del animal que se encontraba muerto en suelo.
3
Al llegar a la linde, Elyse tuvo que tomar precauciones. Escondió la espada y tiró el arco y las correspondientes flechas poco antes de llegar. Se armó de valor, un valor que no había necesitado para enfrentarse a lobos, pero que sí iba a necesitar para la marea humana que se avecinaba. Henchida, dio dos pasos y caminó con paso firme. Acababa de llegar a su destino.
Ya en la ciudad de Toledo, se dirigió hacia su casa. Allí dio de comer a quien le había acompañado por el camino y nada más terminar, partió hacia el centro de su mano, como en el resto del viaje.
La gente se apartaba de ella a su paso. Pero a Elyse no le importaba en absoluto, ya había sufrido por aquello durante demasiado tiempo y estab hecha a prueba de fuego. Siguió caminando. Callejearon y consiguieron llegar sin perderse a la casa de Rosalia. Era la primera vez que Elyse iba al hogar de su amiga, pero gracias a las indicaciones que ésta le había dado, conocieron algunas calles desconocidas hasta entonces para ella de la ciudad en la que vivía.
-Oh, ¡al final has llegado a tiempo! ¡Y no te has perdido! –exclamó Rosalia nada más abrir. La sonrisa se borró de su cara cuando miró hacia abajo-. Santa María Purísima, ¿es él?
-Sí –asintió Elyse, algo reacia ya a cerrar el trato al ver la reacción de su amiga.
-Pero no me dijiste…
-Te dije lo justo y necesario –replicó, interrumpiéndola, una Elyse enfurecida.
-Oh.
Se quedaron quietas, midiéndose, en un duelo silencioso. ¿Aceptaría Rosalia cuidar de él, de su hijo? El viaje había sido demasiado largo como para que ahora se fuera todo al traste. Elyse necesitaba la ayuda de Rosalia.
-Pasa –dijo ésta finalmente.
Elyse entró, asiendo bien fuerte la mano de su hijo. La estancia en la que se
encontraban era preciosa, decorada con el exquisito gusto que caracterizaba a Rosalia. Ella aún seguía en el portón de madera, observando si algún vecino la había visto en compañía de su amiga y su hijo. Al ver que no, que estaba a salvo de los chismorreos y las miraditas de sus vecinos y vecinas, cerró la puerta, provocando un gran estruendo.
Ya dentro, encendió un par de linternas para alumbrar. Oscurecía y necesitaban luz; la ciudad de Toledo no era famosa por su iluminación. Además de eso, se acercó a la chimenea y avivó un poco las llamas.
El hijo de Elyse estaba sentado, al lado de su madre.
-Bueno, volveré a por él el martes –anunció Elyse de forma clara y concisa.
-Vale –dijo Rosalia, aún no muy convencida. Cuidarle significaba no poder salir a la calle sin ser asaltada por los vecinos.
Parecía ser que allí Bernard, que temblaba junto a Elyse, no pintaba nada.
-Cariño –dijo entonces su madre, más bajito, hablándole solo a su hijo-, no pasa nada por que te quedes aquí unos días. Volveré antes de que te des cuenta.
Bernard asintió, triste.
Entonces, Elyse se marchó.
4
Al cabo de cinco días, Elyse estaba de vuelta en la ciudad La habían requerido en las afueras para curar a la abuela de un amigo suyo por una cuantiosa cantidad de dinero. Se había tenido que desplazar hasta Illescas compartiendo carro con otras personas, pero no le importó. Pese a ser un viaje largo, lo hacía todo por él. Por Bernard.
Nada más bajarse en Toledo, se halló ante una ciudad llena de gente corriendo, niños felices y padres preocupados que iban tras ellos por si acaso algún caballo se cruzaba en su paso o les coceaba, pero ellos también estaban alegres. Escuchó una palabra suelta y supo lo que había ocurrido.
Corrió hacia la casa de su amiga Rosalía sin percatarse de que sus bártulos de médico se habían quedado en el suelo, desperdigándose por las cuestas que caracterizan a la ciudad de Toledo. Llamó a la puerta, pero como no se la abrieron, le pegó un empellón. No se encontró nada: estaba vacía.
Calle abajo y con el corazón en un puño, llegó a la plaza de Toledo. Estaba llena de gente que vitoreaba a alguien que hablaba. No podía oír desde ahí lo que decía, pero se temió lo peor. Alzaba los brazos sobre la multitud, contento.
Elyse se acercó más.
-…y por ellos Dios no creó como debemos ser. Sin taras, perfectos, a su imagen y semejanza.
Elyse había escuchado aquello en varias ocasiones, y era suficiente. Se hizo un hueco entre la multitud a codazos, gritos e insultos. Muchos no la dejaron pasar, pero se armaba de valor y arreaba contra ellos. Cuando por fin pudo llegar al medio, no hacía caso de los abucheos de los ciudadanos allí reunidos. Para ella ya nada tenía sentido.
Rompió a llorar al ver el cuerpo de su hijo tendido en el suelo. Estaba entero, ensangrentado, lleno de arañazos y golpes. Tocó su brazo y agarró su mano. Solo tenía siete años, no se merecía morir. Su carita de angelito retenía una lágrima. Su gesto era de tristeza, no de rabia ni furia por ser asesinado, no, sino de pena. Hasta el último instante había sido fiel, bueno, conformista. Atreviéndose a darle al mundo una visión mucho más optimista de lo que ninguna persona de su edad podría haber alcanzado nunca. Bernard había pensado en su madre. Hasta el último segundo, hasta el final.
Elyse le besó en la mejilla. Su tacto era frío, y eso hizo que se estremeciera.
Lloró más y más, con todas sus fuerzas, sintiendo que su alma se iba con cada lágrima.
La deforme cara de su hijo le devolvió la serenidad necesaria para parar su llanto. Contempló, aún lloriqueando, su pierna derecha, mucho más corta que la izquierda, sus manos, apenas muñones, su frente abultada, su ojo hundido…
Elyse se levantó como pudo. Sintió cómo la cogían entre varios hombres por los codos. Ella no era consciente de la retahíla de insultos e injurias que estaba soltando. No lo hizo porque su hijo estaba muerto, y por consiguiente, ella también.
Escuchó de nuevo aquella palabra que nada más llegar a Toledo la había alertado. Aquella que todo el mundo decía. Aquella con la que designaban siempre a su hijo, que pese a su gran corazón y fortaleza, siempre iba a ser denominado como un monstruo.
1
“El sari”, de Cristina Alguacil (4º ESO B)
Aquí os dejamos el relato que ha escrito Cristina Alguacil para la clase de lengua, siguiendo la corriente realista-naturalista, movimiento que hemos estudiado este curso. Es un relato bastante agrio (como le es propio a esta corriente) que se ajusta a la perfección a esta estética. Además, cuenta con una admirable labor de documentación que reviste el cuento de una viveza y verosimilitud asombrosas: ya desde las primeras líneas nos parece caminar junto a Satnam por las calles de Mysore, allá en la India…
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El sari
Las calles de Mysore (India) presentaban el mismo aspecto de siempre: abarrotada de gente. Niños enfermos, mendigos, comerciantes, borrachos, policías y algún que otro turista.
Los coches, el constante regateo, los gritos de la gente, formaban parte del bullicio propio de la ciudad. Era una zona no muy lujosa llena de colores y con edificios simples; no más de un par de ventanas verdes y puertas de madera. Sin embargo, estaba en bastantes mejores condiciones que la zona de las parias; con techos de plástico (si es que había) y paredes improvisadas con telas, tablones de madera o cualquier material suficientemente servible. Además de la limpieza incomparable.
Satnam atravesaba el mercado, camino del trabajo, por mucho que deseara estudiar en la escuela. Iba absorto contemplando, y a la vez, inmerso en los olores, casi saboreándolos. La sensación le oprimió el pecho. Ante él, había un puesto pequeño, en el cual, un hombre de mediana edad vendía dosas, idlis y cocos.
Satnam no pudo evitar detener su caminata ante el intenso olor de los frutos y tortas.
El comerciante, sintiendo compasión, le ofreció un idli, asegurándole que el coco (fruto que habría sido más amable regalar al estar casi en la festividad de Holi) no estaba en buenas condiciones. Satnam le dio las gracias efusivamente y con una sonrisa y una deliciosa torta en la mano, se dirigió comiendo a la esquina de la calle donde se producía el encentro con Veena. Casi no notaba como la grasa del idli se le metía entre las heridas de los dedos. Casi.
Él había guardado un poco de idli y le ofreció el resto a Veena. Ella se mostró agradecida y caminaron juntos de camino a la fábrica. Hablaban de cosas sin importancia, y ella reía constantemente. Veena era hermosa, tenía el cuerpo esbelto y caminaba con gracilidad. Tenía el pelo negro y los ojos de un marrón oscuro profundo. Era ingeniosa y divertida. Pero bajo aquella felicidad que sólo era momentánea podía verse el sufrimiento que Satnam había visto desde el primer día.
Tras doblar unas cuantas calles, ya se encontraban a medio camino de la fábrica de seda. Se hallaban en una calle de clase media y para cruzarla se pasaba por un Mc Donald’s. Los puestos eran menos numerosos y había niños mendigando, y eso no era propio de esa zona. Solía pasar con huérfanos que venían a Mysore. No conocían en qué sitios era apropiado intentar conseguir alguna rupia, o lo que Satnam sabía que era peor, no conocían el peligro de ciertas autoridades.
Un policía de la entrada del lugar fue con paso directo y decidido sin vacilar ni un instante, hacia esos niños. Satnam quiso gritarles para avisarles, pero no quería entrar en problemas, así que no dijo nada y se limitó a resignarse. El policía le atizó uno, dos, tres golpes en el costado al niño más pequeño con pobre vestimenta (aunque no mucho mejor que Satnam o Veena). El pequeño tenía los ojos muy abiertos y suplicaba piedad. El policía volvió a darle patadas de forma repetitiva y enérgica en la pierna. El niño comenzó a sangrar y quedó tendido en el suelo, mientras el policía volvió a la entrada indemne. Los otros niños, que se habían mantenido apartados y habían tenido la suerte de no recibir un golpe, cogieron al chico y desaparecieron.
No habría sido difícil encontrarle por el rastro que iba dejando. Como resultado, había dejado una marea roja que amenazaba en marear a cualquiera que no estuviese acostumbrado a ella, y a Veena y a Satnam les era bastante familiar, pero no es algo humano a lo que acostumbrarse y menos a los doce años.
A partir de aquel encuentro la conversación perdió toda lucidez y permanecieron callados. Tras cruzar Bata-Bata apenas se encontraban a 100m de la fábrica de seda.
Satnam miró a sus manos a modo de avisarlas de que el trabajo iba a comenzar. Éstas estaban llenas de quemaduras y blancas, desentonando con el color de su piel. Al igual que en los pies, algunas heridas volverían a abrirse, y otras nuevas aparecerían.
Entraron en el recinto. Allí, la arena, era mucho más seca y dañaba más los pies desnudos de ambos. Apenas habían entrado y ya estaban empezando a sudar. Sin embargo, ese día recibían las diez rupias, y aunque no eran mucho, daban mejor sabor de boca y así Satnam sabía que ayudaba a su madre. Además desde hace nos meses, aparte de las doce horas diarias, él había estado trabajando otras cinco para poder ganar otras tres rupias y un sari. No era de seda, pero estaba hecho de algodón con un tinto rojo intenso y quería conseguirlo para su madre.
Veena y Satnam trabajaban en la misma parte de la fábrica (eran devanadores). Avanzaron hacia la parte trasera y comenzaron a trabajar. Como todos los días, primero Satnam metió sus manos en un cuenco enorme de agua hirviendo, sintiendo cada una de las heridas de las manos. Después palpó los capullos de seda, que se encontraban en otro cuenco apreciando si los hilos de seda se habían reblandecido lo suficiente para ser devanados. Veena imitaba el proceso.
El calor y el polvo aumentaban y empezaba a notarse sus efectos.
Veena parecía reacia a la tarea e iba demasiado lenta. Satnam temía que se diesen cuenta y la golpearan. Aunque pasaba a menudo, no era agradable de ver y ella parecía muy débil y delicada. Uno de los miembros que les mantenían trabajando sin perder el ritmo, se percató de Veena. La empujó y ella cayó al suelo. Había palidecido y era presa del miedo. Satnam intentaba mantener los ojos en la ardua tarea, aunque su atención estaba en su amiga. El hombre le agarró del hombro y la condujo a dónde Satnam temía. Él, ya sabía lo que iba a pasar.
Veena gritaba y él le dio una bofetada. Tras la segunda, el labio comenzó a sangrarle. Ella ofrecía resistencia sin gritar, sabiendo que así no se ganaría más que una bofetada. El hombre comenzó a desnudarla y la condujo a una de las habitaciones oscuras, húmedas y sin ventilación en las que se hospedaban algunos empleados privilegiados.
Desde que Veena había cesado de gritar, Satnam estaba asustado, y los demás niños le mostraron lo mejor que pudieron, su comprensión y compasión. Él había visto muchas cosas y sabía de lo que eran capaces por un trabajo mal realizado. O lento. O por placer.
Anochecía y la jornada transcurría y la tos empezaba a insinuarse de manera exponencial.
Los cortes en las manos y el dolor eran tan excesivos que ya ni las sentía. Satnam estaba preocupado por Veena, pero también de él mismo; no podía bajar el ritmo, no podía perder el trabajo y mucho menos recibir una paliza en sus condiciones.
Quedaban unas dos horas para finalizar y Veena no había aparecido. Quizá no vuelva nunca. Satnam comenzó a llorar en silencio. Aunque nunca hablaban de la intimidad, era lo más cercano a una amiga que tenía, con quien compartía tantos momentos…
De pronto Harjinder, el jefe superior de la empresa, apareció de repente con sus tradicionales aires de superioridad y mando, y tras echar un vistazo a los niños, con el orgullo pintado en la cara, se fue.
Veena surgió de la nada y se colocó al lado de Satnam, rígida. Él la observaba de reojo. El labio se le había hinchado y tenía el pómulo de un color grisáceo. Su camisa se había roto por la zona del dorso y ella la sujetaba con fuerza. Parecía consternada, aterrada.
Trabajaron en silencio, con el ambiente tenso, que amenazaba con ahogarles, hasta que finalmente acabaron y recogieron sus correspondientes rupias, y aparte Satnam el sari y sus otras tres rupias.
Durante el camino hacia sus casas, él intentó hablar, consolar de alguna manera a Veena, pero sabía que esas cosas eran realidades y ocurrían, y él no podía ayudarla y menos evitar que no volviera a ocurrir.
Satnam le dio la mano y caminaron juntos, con los dedos entrelazados entre ya no tantas personas, hasta la esquina donde se separaban. Satnam le dio el sari, aun habiendo estado trabajando tanto para su madre, con la esperanza de alegrarla un poco. Él se despidió con un simple adiós y ella con más silencio, y una débil sonrisa anunciándose por la boca.
Satnam camina con pies que ya no sabe si son suyos, pensando en si Brahma, el poderoso creador, no se habrá equivocado al crear personas así en el mundo.
Saludó a su madre, un poco triste por no tener su sari; cenaron, rezaron y ofrecieron hojas de Betel a los dioses. Después, se acostó en su incómoda cama; soñando en ir un día a la escuela con Veena, tener una buena casa, agua, comida… aunque la experiencia le ha enseñado a no tener esperanzas que jamás se cumplirán.
Día E: la fiesta del español
Vídeo homenaje al idioma español:
http://cervantestv.es/2011/05/18/el-dia-e-2011/
Protegido: Práctica de sintaxis para el 12 de abril
El filólogo mexicano Ilan Stavans reescribe ‘El Quijote’ en ‘spanglish’
Stavans, catedrático de Filología y Estudios Culturales en el Amherst College de Massachusetts, donde creó hace dos años la primera cátedra de spanglish, sostiene que utilizan este dialecto, salpicado de anglicismos y de palabras adaptadas en forma sui generis directamente del inglés, más de 25 millones de personas a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos.
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Primeros párrafos de ‘El Quijote’
“In un placete de La Mancha of which nombre no quiero remembrearme, vivía, not so long ago, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un grayhound para el chase. A cazuela with más beef than mutón, carne choppeada para la dinner, un omelet pa los sábados, lentil pa los viernes, y algún pigeon como delicacy especial pa los domingos, consumían tres cuarers de su income.
El resto lo employaba en una coat de broadcloth y en soketes de velvetín pa los holidays, with sus slippers pa combinar, while los otros días de la semana él cut a figura de los más finos cloths. Livin with él eran una housekeeper en sus forties, una sobrina not yet twenty y un ladino del field y la marketa que le saddleaba el caballo al gentleman y wieldeaba un hookete pa podear.
El gentleman andaba por allí por los fifty. Era de complexión robusta pero un poco fresco en los bones y una cara leaneada y gaunteada. La gente sabía that él era un early riser y que gustaba mucho huntear. La gente say que su apellido was Quijada or Quesada but acordando with las muchas conjecturas se entiende que era really Quejada. But all this no tiene mucha importancia pa nuestro cuento, providiendo que al cuentarlo no nos separemos pa nada de las verdá”.
(Aquí puedes ver el artículo completo: http://cultura.elpais.com/cultura/2002/07/06/actualidad/1025906402_850215.html)
